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8月17日

Un cuento

Los tres hombres del camino
 
Después de matar al dragón del castillo, el príncipe se dispuso a llevar a su prometida, recién rescatada, a su reino y allí casarse con ella. Para ello, decidieron ir a caballo por un camino largo y seguro que le llevaría un par de días.

Mientras iban los dos galopando en sus bellos corceles, se toparon con un hombre que también viajaba a caballo. El príncipe lo reconoció enseguida, debido a su apariencia física, inusual y desagradable. Por lo visto, ambos habían sido amigos años antes, por lo que éste se unió a los dos enamorados.

Ambos vieron la cara desfigurada y triste del hombre, así que le preguntaron que qué le ocurría; fue así que empezó a hablar sobre su físico, como si de un castigo divino se tratase, se lamentaba una y otra vez de no ser la mitad de hermoso que el príncipe. Describía uno por uno sus defectos. Y esto último, les producían a los oyentes un gran pesar y silencio. Solamente hablaba de su condición, de lo desdichado que era desde que era consciente de su cuerpo. Y pensaba en ello día y noche.

Al término de una hora, el hombre se despidió más triste todavía y cambió su camino a un pequeño sendero en donde se supone que tenía su casa, con su mujer y sus hijos. Así, los príncipes siguieron su camino hasta donde se encontraba su reino. Ambos, aunque habían escuchado tales lamentos, sólo pensaban en llegar al término de su viaje.

En eso, tras haber pasado medio día de trayecto, se toparon con otro hombre. Éste, a diferencia del primero, tenía una complexión normal, iba muy bien vestido y actuaba con muy buenos modales. Sin embargo, su rostro dibujaba divagaciones y preocupaciones. A veces soltaba palabras en voz alta.

El príncipe también conocía a esta persona, pues estuvo en la corte de su padre, el rey. Se acercó a él, le saludo y le invitó a que compartiera el camino con ellos. Éste aceptó cortésmente y se unió al príncipe y a la princesa. Al preguntarle cómo le iba la vida, enseguida empezó a hablar sobre lo duro que era y de lo mal que estaba el mundo. De esta manera, detalló cientos de conspiraciones, de guerras y de cosas injustas que sucedían a menudo. De la misma manera, narró sucesos de dudosa veracidad y que tenía como mensaje el hecho de que sólo los poderosos alcanzan lo que quieren y desean. Día y noche se enteraba de todas las cosas que ocurrían a su alrededor, como si de una necesidad se tratase.

Con esta conversación, los tres estuvieron cerca de tres horas. Al fin de este tiempo, el hombre, otra vez de buenas maneras, se despidió de ambos y se marchó a una aldea cerca del camino.

Esta vez, tanto la Princesa y el Príncipe, pese a ver su sueño casi convertido en realidad, estaban pensativos, tanto por lo que contó este hombre como con el anterior.

Finalmente, ya anocheciendo, apareció un tercer hombre. Esta vez no tenía ningún atributo sobresaliente, sólo que tenía la cara compulgida. Al verlo, los príncipes se acercaron y le preguntaron el por qué de su rostro. Este dijo que se sentía desdichado, pues nunca había tenido suerte en el amor. Contó historias de amores platónicos nunca correspondidos, y de desengaños de todo tipo. Pensaba y se lamentaba siempre de su condición. Así estuvo hasta que la noche se hizo dueña del cielo.

Cuando se despidieron, tanto el príncipe como la princesa estaban compulgidos por lo que habían escuchado durante el día, por lo que decidieron quedarse en una posada para reponer fuerzas. En la cena, el príncipe le dijo a su prometida.

-Querida, deberíamos hacer algo por estas personas. No dejo de pensar en sus problemas y creo que hay que hacer algo.

La princera reaccionó rápidamente con una mirada directa.

-Si quieres que te diga la verdad, no quiero ver a ninguno de los tres; por lo menos no tratar con ellos nunca.

-¿Cómo puedes decir eso? ¿Es que acaso eres superficial con el primer hombre? ¿o eres ignorante ante todos los problemas que pasa en el mundo? ¿O eres poco sensible ante quién sufre por amor?

Entonces, la princesa miro su copa de vino, bebió un trago tranquila y le respondió al príncipe:

-Ni soy superficial, ni soy ignorante, ni poco sensible. Es más, estas personas pueden tener razón o no. Sin embargo, sólo ven cómo arde su propio mundo, dándolo todo por perdido. Y si tú te unes con ellos, nunca podrás matar a un dragón.